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La panadera de 100 años que es orgullo de todo Rodríguez

Elina Abate llegó en 1945 a un pueblo que vio crecer. «Lo importante es que continúan los mismos vecinos», valora.

En mayo de 1864, el por entonces gobernador Eusebio Mariano Saavedra fundó el pueblo de General Rodríguez. Había pocas casas en amplios terrenos y la estación del ferrocarril empezaba a construirse. Desde entonces creció y cambió muchísimo. Pocos vecinos pueden jactarse de haber visto pasar gran parte de la historia y las transformaciones de esta ciudad que aún tiene alma de pueblo. Una de ellas es Elina Josefa Abate, quien celebró sus 100 años en septiembre, con una lucidez y una memoria envidiables.

Aunque no vivió siempre en Rodríguez, es el lugar que eligió y donde formó su familia. Nació en Duggan, partido de San Antonio de Areco, en 1917, hija única de Agapita Laurens y José Abate. Allí pasó su infancia y juventud compartiendo alegrías con sus primos Raúl, Miguel Angel y Anilda Laurens, sus “hermanos del corazón”. El 17 de octubre de 1942 se casó con Pedro Frechou, de oficio panadero y oriundo también de Duggan, con quien tuvieron en 1944 a Mirta Elina, su única hija.

Un año más tarde, toda la familia decidió instalarse en General Rodríguez, donde compraron la panadería El Sol, en pleno centro.

“Es una luchadora incansable, con una sonrisa a flor de labios y un carácter alegre y jovial”, la definió Graciela, su sobrina.

Hace unos años, recibió un reconocimiento como una de las mujeres destacadas de la ciudad. Elina es conocida por la mayoría de los vecinos de Rodríguez y muchos incluso fueron sus clientes. Siempre detrás del mostrador con una sonrisa, Elina hacía pan, facturas, galletas y roscas. “Cuando llegamos, en la cuadra de la panadería había una casa y donde está el cuartel de bomberos sólo dos, el resto era todo campo”, retrata.

Uno de los vecinos del barrio era Roberto Giordano, bombero y vecino ilustre. “Conozco a Elina desde mis primeros días. Llevado por mi abuela o mi mamá fui desde bebé a la panadería. Tanto ella como Elvira y Marta (sus empleadas) me sentaban arriba del mostrador. Elina, mi abuela Julia, Maruca y Porota eran las abuelas del barrio y un poco nos malcriaban. Siempre había un regalito para ‘Robertito’ en la panadería”, recuerda.

Con los años, la mujer vio cambiar el pueblo, pero para ella todas fueron transformaciones positivas. “Antes era la mitad de lo que es ahora. Yo siempre lo veo mejor, pero lo más importante es que continúan los mismos amigos y los mismos vecinos”, señaló.

Su carácter sociable y su actividad comercial hicieron que pronto estableciera amistad con muchas familias tradicionales del pueblo, en el Club Porteño.

Elina era aún muy joven cuando enviudó, y un año y medio más tarde murieron también sus padres. Quedó devastada, pero su carácter de luchadora la ayudó a salir adelante. En ese difícil momento contó con el valioso asesoramiento de dos colegas y amigos de la familia: Ernesto Librandi y Paquito Rodríguez, dueños en ese momento de las panaderías El Porvenir y La Central. Así salió adelante y siguió otra década horneando.

Una vez jubilada, no abandonó el gusto por la cocina: hasta los 99, cuando su familia la iba a visitar se ponía a preparar cosas ricas. “Soy conversadora y me gusta estar con los jóvenes. Prefiero eso antes que los viejos de mi edad”, dice, entre risas. Muchos le piden consejos: “Les digo que se cuiden, que le tengan paciencia a sus hijos y que guarden un peso para cuando sean grandes porque los medicamentos son caros”, recomienda.

Trabajadora y responsable, hoy la edad no le permite hacer ciertas cosas que antes disfrutaba, como paseos diarios por el barrio o cocinar. Sin embargo, recibió sus 100 años con alegría. Dice que “es un año más, no me di cuenta” y que lo disfrutó como todos los anteriores. “No hay secretos para la salud”, señala.

 

Fuente: Clarin

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