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Por Manuel Choque Corbacho

Jujuy es América profunda

Aun en pleno siglo XXI Jujuy es parte de la América profunda. Esto no quiere decir atrasada o primitiva, sino compleja. Y es en esta complejidad que Jujuy cuenta su historia desde diferentes textualidades, distintas maneras de escribir y de leer.

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Los caminos por los cerros suben y bajan, zigzaguean de manera irregular. Al andar, uno es con el cerro, uno sin querer se adapta al sendero, a la tierra. ¿Sino de que otra forma se podría cruzar a través de los cordones montañosos si uno no dialoga con el espacio? Cuando andamos por el norte, la rapidez de lo urbano se va deteniendo. Y no es que la quebrada o la puna sea lenta, sino que el tiempo ahí no lo maneja el reloj, sino el espacio-tiempo, “pacha”. Y en ese escenario la altura entre las montañas, la presión atmosférica y el viento norte, sin disculparse nos hace andar más lento. Nos regala horas para reflexionar y conversar.

La caja de los jujeños está hecha de cuero y en el vibrar de cada golpe se oyen las piedras caer del cerro. Es un instrumento que está vivo. La coplera al cantar zigzaguea como el surco del cerro entre las rimas y los tonos. Las melodías son acordes a la armonía del espacio.

Aun en pleno s. XXI Jujuy es parte de la américa profunda. Esto no quiere decir atrasada o primitiva, sino compleja. Y es en esta complejidad que Jujuy cuenta su historia desde diferentes textualidades, distintas maneras de escribir y de leer. El mestizaje logro una suerte de relación entre la gramática occidental y el ritual. Entre el archivo histórico del documento y un archivo vivo que se resignifica constantemente.

Son los rituales, las celebraciones, las danzas, los cantos, la ejecución de instrumentos, la elaboración de la comida, la cría de ganado y la agricultura elementos con lo que aun escribimos y leemos la historia. En cada practica “hay algo” que contar. La espiritualidad y la relación con el todo como vivo son las que hacen posible el haber desarrollado todas estas formas.

Ser mestizo no es hibridez, mescolanza o criollaje. El ser mestizo vino como consecuencia de la conquista. Nació como efecto secundario, colateral de del proceso colonial y de opresión. En el “ser” mestizo confluyen dos lógicas, dos praxis, dos espiritualidades en una sola identidad: lo indígena y lo europeo. El mestizo al no tener una identidad propia, se va haciendo así mismo. Y aunque peligrosa responsabilidad, se trata de resistir al depredador colonial actual.

Fueron la extirpación de idolatrías y los regímenes de castas lo que hicieron posible que el “Diccionario” intente reemplazar una historia que no se pudo borrar, por otra historia blanca, criolla y alfabética-moderna. Pero pese a sus intentos, el “Diccionario” no tuvo el éxito que quizás haya esperado. El mestizaje fue su peor enemigo, el mestizo por su “suciedad de sangre” se perpetuo formando una sociedad más compleja, heterogénea, más diversa. Esto llevo a que después del S.XVIII la pigmentocracia fuera reemplazada (aunque no totalmente) por una distinción binaria: gente decente y la plebe. De todos modos, el color siguió siendo un elemento de marcar al diferente. Todos quienes no eran considerados blanco, eran irremediablemente plebeyos.

Como consecuencia de esto último, las heridas coloniales fueron las que condicionaron el destino de los pueblos al establecerse como sentido común dentro de la sociedad. La búsqueda de “ser alguien” en el “hacer” característico de la modernidad fue ocupando lugar cada vez más grande en la mentalidad de la sociedad. El complejo de inferioridad, de negación, de encubrimiento de nuestro pasado/presente/futuro indígena fue encerrándonos en la mentira de la civilidad. El mestizo, aunque con toda la potencia para construirse así mismo, en su interior las contradicciones forman un campo de batalla entre su ser del “estar andando” y su “querer ser” de la civilización instrumental.

Pienso que en esta contradicción propia de la construcción existe la oportunidad de tomar la posta de pensarnos a nosotros mismos, de tomar las riendas para reconocernos y no dejar que sean otros los que nos referencien exotizandonos mediante un indigenismo ornamental, un “sujeto de la cultura” que en muchos casos minimiza y borra, sino ser capaz de dirigir la obra que compusimos para que la orquesta donde nosotros mismos tocamos la ejecute.

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7 Comentarios
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