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23 de Agosto

Éxodo Jujeño: Crónica de cómo un pueblo salvó la Independencia

Escrito por Irene Ballatore, historiadora y periodista.

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Después que en 1810 el Cabildo de Buenos Aires conformara el primer gobierno patrio controlado por los criollos, estalló la guerra entre quienes apoyaban a ese nuevo gobierno, también conocido como la “Primera Junta”, y quienes querían mantener la autoridad de los funcionarios de la corona española en América.

 

El origen de este gran conflicto, que quedó en la historia con el nombre de “Guerra de la Independencia”, había sido el derrumbe del orden colonial en las posesiones de España en América, el descontento de vastos sectores sociales agobiados por las políticas absolutistas de la Corona y la crisis de legitimidad que estalló cuando el rey español Fernando VII fue tomado prisionero por el emperador francés Napoleón Bonaparte y distintos grupos se lanzaron a disputar el poder vacante.

 

Dos bandos dividieron entonces violentamente a la sociedad: de un lado, los “realistas” que como su nombre lo indica eran los partidarios del rey español y del absolutismo monárquico, y los “patriotas” o liberales que propugnaban una revolución política, económica y social, así como la ruptura con España y la creación de un país independiente.

 

El canónigo jujeño Juan Ignacio de Gorriti, en su “Autobiografía”, hizo una descripción muy precisa acerca de la situación que se vivía en la época: “La revolución de América -escribió- no fue un suceso repentino que debía sorprender a un sujeto medianamente pensador. El sistema inquisitorial de la política del Gabinete (español) observada en las colonias, las trabas que sugería a la industria y a la cultura; el monopolio tan escandaloso del comercio peninsular, la postergación general y descarada que en toda la extensión de la monarquía sufrían los americanos, eran causas de que se quejaban en voz muy alta…y se manifestaban síntomas de violencia que preparaban una explosión”.

 

A dos años de haberse producido la Revolución de Mayo, el proyecto independentista de los criollos estaba a punto de naufragar. El ejército auxiliador que la Junta de Buenos Aires había conformado para imponer su autoridad en todo el territorio de las recién nacidas Provincias Unidas del Río de la Plata, había sido completamente derrotado en 1811 en Huaqui, a orillas del Lago Titicaca, en el Alto Perú, actual Bolivia, por tropas realistas al mando del general Juan Manuel de Goyeneche.

 

Los restos de las fuerzas patriotas se replegaron del Alto Perú, zona que quedó bajo control de los partidarios del Rey, que luego de ahogar la insurgencia revolucionaria en Cochabamba, se aprestaron para invadir Jujuy y Salta con la intención de sofocar el  movimiento independentista en la misma Buenos Aires.

 

Entre tanto, había llegado a Jujuy como nuevo jefe del Ejército Auxiliar un abogado y economista porteño, militar por necesidades de la revolución, Manuel Belgrano, a quien se le encargó la reorganización de las tropas deshechas en Huaqui.

 

La situación con la que se encontró Belgrano era dramática, no sólo por el estado del ejército, hambriento, sin armas, desmoralizado y con una gran cantidad de heridos y enfermos, además de la falta de dinero con que hacer frente a tantas necesidades. A eso había que sumar la decepción de los pueblos que, como dice Belgrano en una comunicación al Gobierno de Buenos Aires, dejaban ver quejas, lamentos, frialdad, total indiferencia y hasta “odio mortal” hacia los porteños, a los que se miraba como conquistadores, más que como libertadores de la opresión española.

 

Los dos años de revolución habían traído también una crisis de grandes proporciones al interrumpirse el comercio con el Alto Perú, que constituía la principal actividad económica de jujeños y salteños. Además, los pueblos tenían que aportar al sostenimiento de las tropas, lo que agravaba el problema.

 

Este era el cuadro en el mes de mayo de 1812, cuando Belgrano convirtió a Jujuy en un gran cuartel general donde se fabricaban armas y municiones, se reclutaba, disciplinaba y equipaba tropa y se montaba un hospital para atender a los heridos.

 

Consciente del desánimo que reinaba en la población y en el Ejército, Belgrano tuvo un gesto muy importante para fortalecer el espíritu de toda esa gente agobiada por las desgracias de la guerra. En una ceremonia de gran solemnidad, hizo bendecir y luego jurar la bandera celeste y blanca que había enarbolado unos meses antes en el Rosario, y declaró que aquella enseña distinguía a ese pueblo de los demás pueblos del mundo. Fue ese 25 de mayo de 1812 en la plaza de Jujuy la primera vez que la bandera de la nueva nación recibía el juramento del Ejército y del pueblo, lo que significaba asumir el compromiso de defenderla con la propia vida si fuera necesario, en un reconocerse como hombres y mujeres pertenecientes a un país independiente.

 

Pero una aterradora noticia vino a ensombrecer los ánimos nuevamente: en Cochabamba, los realistas habían reprimido sangrientamente a mujeres del pueblo que, atrincheradas en la colina de San Sebastián, se negaban a entregar la ciudad al furor del brigadier Goyeneche. Los detalles del terrible episodio se conocieron en Jujuy a través del testimonio del soldado Francisco Turpín, quien había escapado de los realistas y declaró haber presenciado la matanza de las cochabambinas.

 

Con lo de Cochabamba, ya no quedaban dudas acerca de las intenciones de los ejércitos virreinales y en julio, contando con información que indicaba que el enemigo se acercaba, Belgrano tomó la decisión de abandonar Jujuy para poner a salvo a su ejército ante la imposibilidad de hacer frente a las fuerzas el Rey, numérica y logísticamente superiores.

 

Era esa la instrucción impartida por el Gobierno de Buenos Aires, que le había ordenado no sólo retrogradar sino ir privando al enemigo de cuantos recursos podrían favorecer sus marchas, es decir, llevar a cabo la estrategia de “tierra arrasada” que consistía en evitar que los invasores puedan reabastecerse de ganados, forrajes y víveres a su paso por las poblaciones.

 

Lo que no le habían ordenado las autoridades porteñas al jefe patriota era llevarse a la población civil, problema que evidentemente no estaba entre las preocupaciones del gobierno central. Así queda en evidencia en las instrucciones al general donde luego de ordenar la instrumentación de “tierra arrasada”, se dice que: “La Patria es preferible a las lágrimas de los que se quedan infelices por medidas de tal naturaleza”.

 

Correspondencia con funcionarios de Buenos Aires da cuenta de la clara oposición del general Belgrano a desamparar a los pueblos y dejarlos librados a las represalias del enemigo, lo que explica su significativa decisión de sumar los vecinos a la operación de repliegue que en principio dirige hacia Tucumán y que quedó en la historia como el “Éxodo Jujeño”.

 

El 29 de julio dictó Belgrano el bando mediante el cual ordenó el abandono del territorio, la entrega de armas, la extracción de todo el ganado, las cosechas y los “efectos” de los comerciantes para ser llevados junto con el ejército, advirtiendo que quienes incumplieran estas disposiciones serían tenidos por “traidores a la Patria”, al igual que “todos los que a mi primera orden no estuvieren prontos a marchar y no lo efectúen con la mayor escrupulosidad, sean de la clase y condición que fuesen”.

 

La extrema dureza de este documento debe interpretarse en el contexto del momento. Belgrano sabe que en Jujuy y en Salta hay sectores realistas que conspiran y alientan desde las sombras el avance de los ejércitos virreinales para sofocar el movimiento revolucionario.

 

El 23 de agosto de 1812, la ciudad de Jujuy ha sido abandonada por la mayor parte de sus habitantes y Belgrano es el último en dejarla. Se calcula que unas dos mil personas conforman el grueso de la “emigración”, como llamaron los contemporáneos al Éxodo. Hombres y mujeres, niños y ancianos, recorrerán 345 kilómetros hasta San Miguel de Tucumán, en una marcha que duró casi un mes y que se llevó a cabo con las avanzadas realistas tiroteando y pisándoles los talones.

 

En una carta del 31 de agosto de 1812 a Rivadavia, alto funcionario del Gobierno de Buenos Aires, Belgrano señala que la marcha se hace con una gran cuota de sacrificio: “lo que hay es que no se duerme, se come poco y se trabaja mucho”, escribe el jefe patriota.

 

Mientras tanto, Jujuy y Salta caían en poder del ejército realista y el brigadier Juan Pío Tristán, al mando de la vanguardia, se aprestaba a aplastar a la pequeña fuerza revolucionaria en Tucumán. Lo que Tristán no contaba era que los tucumanos se sumarían con hombres y recursos a las tropas de Belgrano para darle batalla e infringirle una gran derrota, el 24 de septiembre en el Campo de las Carreras. Así, de perseguidos, los patriotas pasaron a perseguidores de las fuerzas del Rey que en Salta sufrieron una nueva y contundente derrota, obligando a Tristán a capitular y retirarse al Alto Perú bajo la promesa de no volver a tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata.

 

Entre febrero y marzo de 1813, los jujeños pudieron regresar, por fin, a su terruño. Los grandes sacrificios que habían realizado dejando todo para seguir a Belgrano hacia un destino incierto y plagado de terribles peligros, habían hecho posible revertir la situación militar adversa y salvar la Revolución cuando todo parecía perdido. Además de haber representado una complicación para los realistas desde el punto de vista de los necesarios reabastecimientos de animales, forrajes y alimentos, la “tierra arrasada” de Jujuy fue un hecho político; de algún modo significó hacerle saber a la fuerza invasora que los jujeños preferían las más crueles peripecias de una emigración hacia lo desconocido que arrodillarse ante un opresor. Un dato a tener en cuenta en este sentido es que Belgrano, en rigor, no tenía una fuerza militar capaz de someter a todo el pueblo para imponerle la orden de la retirada.

 

Se ha discutido si la participación de los jujeños en el Éxodo de 1812 fue impulsada por la cobardía, por el heroísmo o porque “no había nada que perder”. El interrogante, creemos, fue respondido por el propio general Belgrano el 25 de mayo de 1813, cuando obsequió al pueblo de Jujuy la Bandera Nacional de la Libertad Civil, expresando que la entregaba para que la conservaran con el honor y el valor que habían demostrado los hijos de Jujuy en las batallas de Tucumán y Salta.

La autora es profesora de Historia y Periodista.

 

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