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El universo de Graciela Fernández Meijide “El duelo por un hijo no termina nunca”

Tiene 86 años. Vive sola. Mamá de tres hijos: Pablo, desaparecido durante la dictadura militar, Alejandra y Martín. Abuela de Camila (26) y Diego (21). Conduce ¿Por qué?, en Radio Ciudad y Cada noche, en la TV Pública.

Por María Laura Santillán

Encontrarme una tarde para conversar con Graciela no es trabajo, es placer, es aprendizaje, es un lujo.

¿Cómo hacés para estar tan lúcida, tan optimista, tan energética?

Mi padre era un hombre muy activo, veía la parte buena y siempre estaba pensando en algo nuevo, mamá era sociable. Mi hermana va siempre para adelante, todo el tiempo está inventándose algo nuevo. Creo que tiene que ver con los recursos que me dieron, que mamé.

Mucha gente ante las dificultades se resigna o se retira.

Tiene que ver con el impulso que llevás dentro. El tajo mayor que tuvo mi vida y que me cambió radicalmente fue el secuestro de Pablo, no hay peor frustración, te torna absolutamente impotente, tenés real idea de lo que es la impotencia.

Los que saben dicen que sentir impotencia sostenidamente trae depresión.

Hay gente que se dejó aplastar por eso. Pero hubo quienes dijimos “vamos para adelante” y pasamos a la acción. Fue un grupo chico, con distintas características y recursos que venían de antes, porque ninguno de nosotros nació ahí. Sí nos cambió la vida. Hay momentos de fuertes desafíos, de volver a entender dónde estamos. Es un mundo que cambia brutalmente y si te oponés, el momento te pasa por encima. Si no sos optimista, ¿cómo lo encarás? Si no ves siempre el pedacito que está bien, ¿cómo hacés para tomarte el trabajo de encararlo?

El paso del tiempo muestra a muchas personas cansadas, con poca capacidad para aguantar los embates, sin resiliencia y recordando el pasado como “lo mejor”.

El presente a nuestra edad es muy desafiante, porque hasta los códigos tenés que ir aprendiendo día a día. Cuando te metés en Internet son todos códigos distintos, no es que pasaste de la máquina de escribir manual a la eléctrica, estás pensando en los drones. Exige mucho esfuerzo. A mí me divierte.

Hace poco, Jaime Durán les dijo a los políticos que asesora que cambiar no tiene que ver con la edad.

¿Qué edad tenía Beethoven cuando hizo la novena sinfonía? Y ya era sordo, sordo como una tapia, era viejo. Hoy lees a Hobbes, Baumann, escritores que siguen pensando, ojalá sea inspirador y más gente se preocupe en no quedarse en la protesta o el enojo chiquito.

Actitud joven es, por ejemplo, revisar todo el tiempo lo que uno piensa.

Si, es más cómodo leer lo que vos creés. Leer diarios como La Nación o Clarín o El País, me resulta cómodo. Leer Página 12 me resulta incómodo, pero sé que es imprescindible si quiero entender.

Trabajás en radio y TV, ¿te sentís de a ratos una periodista que busca la verdad?

Yo soy política, aunque no esté en partido, a mí la cuestión de la política me quedó incorporada. Estoy en el Club Político Argentino y me enriquece enormemente estar en un espacio con ideas diferentes y donde hay discusión.

Sos dueña de una manera de comunicar muy maternal, sos afectuosa y cálida al hablar. ¿La maternidad te atraviesa todo el tiempo?

No me doy cuenta, se lo atribuía a mi veta docente. Es posible.

¿Qué hiciste bien como madre?

Lo mejor que hice fue querer a mis hijos y hacérselo saber.

Las mamás tenemos que ser organizadoras y hasta “preceptoras” de los chicos, marcarles cosas. ¿No es ingrato?

Pero los hijos se dan cuenta, cuando los cuidás bien, que es cariño, aunque protesten. Hoy todavía si necesitan algo escucho “mamá” y si necesito algo están al lado mío, por ejemplo con mi presión alta. Ellos están muy presentes.

¿Y cómo está Pablo presente a esta altura de las cosas?

Depende cuándo. Pablo estuvo omnipresente, llenando todo y tapando todo lo que no fuera él. Tuve que sacudirme y decir “tengo otros hijos”. Se fue apaciguando la sensación urgente del dolor permanente, de decir “cómo no lloré hoy”. Hice un esfuerzo enorme por intentar pensar como sería hoy físicamente. Lo miro en la foto cuando tenía 17 años, hoy tendría 58, y no puedo imaginármelo, no puedo ponerle arrugas ni hacerle caer el pelo o canas. Lo que pasó con Pablo me acompaña siempre.

No existe palabra para describir a una persona a la que se le murió un hijo.

No. Tenés “viudo” si murió tu pareja, huérfano si murieron tus padres, pero no tenés esa categoría, es impensable. Es el hijo que asesinaron, listo, todo lo demás son palabras formales. Es una desaparición forzada para la ley internacional y la ley propia, pero se lo llevaron de mi casa, y yo sé que lo asesinaron.

¿Cuándo hiciste el duelo?

El duelo no se termina nunca. Yo no sé si se termina alguna vez con la muerte de un hijo, pero en estas circunstancias es más difícil porque no tenés fecha, no tenés lugar, no tenés motivo, no tenés cómo, no tenés quién en mi caso, entonces todo es evanescente.

¿Es un duelo permanente?

Sí, y no se vive con la misma intensidad. Lo veo en mis hijos, Martín y Alejandra que fueron muy golpeados por esto. Alejandra que es la que más se expresa, se pone a llorar, acordándose del hermano. Martín es más reservado pero también se emociona fuerte.

Cuando dijiste que no sabés si acaso todas las madres que pierden un hijo siguen de duelo, me acordé de María Luján Rey, que cuenta que el duelo no se termina.

Y mucho más si te quedás solo. Aislado. No podía ir por el mundo diciendo “tengo un hijo desaparecido” porque te miraban mal, porque eras sospechada. Había un grupo de gente a la que le pasaba lo mismo y ahí lo contaba y nadie te miraba mal.

¿Cuándo te diste cuenta de que no iba a volver?

Al año y medio o dos, tuve la convicción que habían matado a los desaparecidos, que no podía ser que hubiera tantos nombres registrados y que los tuvieran en algún lugar. En 1979, cuando se iba la Comisión Interamericana de derechos humanos, Emilio Mignone, Augusto Conte y yo nos encontramos con Vargas Carreño, el secretario de la Comisión, y nos dijo “los mataron a todos”. Me fui a Europa con un chico que había sido compañero de Pablo y había podido escapar, y recibí de Amnesty Internacional testimonios de sobrevivientes, que decían que los mataron. Hice una vuelta de tuerca en la cabeza y me dije, contra toda lógica y sentido común, “voy a investigar todo lo que pueda para, un día, juzgarlos”.

Tenías mucha fuerza, ¿nunca te paralizaste?

No, no podía, me volvía loca si me quedaba en la cama. No podía quedarme.

Se habla mucho de la desaparición de Santiago Maldonado. Me pregunto por qué nadie habla de su mamá, de lo que debe estar pasando, de su dolor, de su incertidumbre, de su desesperación.

Si la señora hubiera aparecido, toda la pena hubiese sido para la mamá, pero como ella no apareció, no existe. Cuando yo hablé de Santiago Maldonado hablé de él, de su padre, de su madre y de sus hermanos. Lo peor que he visto en este caso es la manipulación política, como si no hubiésemos pasado en el país la tragedia de la desaparición. La manipulación política y el tironeo político que hay es inmoral.

¿Cómo es ser abuela?

Tenés que cuidarte por tu nuera (risas), no avanzar. Mi nuera es una divina y fue muy generosa. Cuando nació Camila, la primera nieta, me deslumbró y dije “¿la quiero más que a mis hijos?” y ahí me di cuenta de que no, que como a tus hijos no, es una forma diferente de querer y de relacionarte, no tenés ninguna obligación especial.

¿Es una elección?

Es que no necesitan de vos para vivir, como un hijo. Sí necesitan criarse con abuelos porque los abuelos completan. Yo he llegado a armar una mesa de ping pong en mi cama para entretener a mi nieto Diego. He hecho de todo. Además tenía el tiempo. No tenía que salir rajando, empujando a todos para que se fueran a la escuela como con los hijos.

No se parece a la maternidad, ¿es otra categoría?

Es otra historia y es lógico que así sea. Hay un dicho que dice “cuando alguien tiene dos madres tiene media madre y cuando tiene tres, no tiene ninguna”. Menos mal que mis nietos solo tuvieron una madre (risas).

¿Y cómo es estar hoy sin pareja?

Cuando te separás es una liberación para ambos, es porque el vínculo ya no daba, puede haber dolores pero es una liberación. Mantenemos una buena relación. Ahora Enrique (90) está haciendo un Doctorado en Humanismo, no para, como yo. El armó pareja pero enviudó. Hay una cuestión de afecto, de lealtad. Yo tengo una vida muy llena de cosas y la verdad que ajustar mi vida a la de otro me jodería todo (risas).

¿Extrañás a veces tener un compañero para compartir?

A veces, pero no como para obligarme a tener una pareja (risas).

 

Fuente: Clarin

 

 

 

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